Estado de la cuestión: Diseñador Industrial por la PUCV, Licenciado en Objetos por decreto personal y dibujante por una serie de accidentes afortunados.
El prontuario: Antes de ser El Pintamonos, me paseé por el mundo del marketing tratando de convencer a la gente de cosas que no necesitaban. Incluso tuve un paso glorioso (y algo húmedo) por el rubro sanitario; ahí aprendí que, tanto en las tuberías como en la vida, lo más importante es que las cosas fluyan y que nadie quiere ver lo que pasa por debajo.
El incidente del muro: Un día, alguien tuvo la mala idea de prestarme un muro para colgar mis dibujos. El resultado fue un éxito rotundo en lo moral y un fracaso estrepitoso en lo comercial: no vendí ni un solo papel. Sin embargo, la gente —en un acto de fe que aún no me explico— empezó a pedirme encargos. «Hazme uno como ese, pero que se parezca a mi tío».
La evolución de la especie: Así, entre encargo y encargo, apareció este estilo de «mono» que ven aquí. No lo busqué en un manual de arte, simplemente llegó un día al tablero y decidió no irse más. El dibujo se impuso al render y la tinta le ganó la batalla a la oficina.
El presente (o el caos organizado): Lo que vino después fue una reacción en cadena:
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Talleres: Donde trato de que otros pierdan el miedo al lápiz (o se equivoquen conmigo).
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Casa Tartarí: Un refugio de arte en Concón para que los artistas locales no tengan que andar mendigando muros.
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Monolab: Mi laboratorio de comunicación visual, porque el diseñador industrial que llevo dentro todavía necesita ponerle orden a las ideas.
Hoy me dedico a esto. No busco la perfección, busco que el trazo sea honesto. Si usted busca un artista de salón, siga de largo. Aquí solo encontrará a un tipo que dejó la seguridad de los sanitarios para lanzarse a la piscina de la tinta. Y por suerte, estaba llena.